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Para los Estados Unidos no constituía ninguna novedad la práctica de “construir” a sus enemigos. Desde su nacimiento, en 1776, había sido un país cuyas fronteras se encontraban en constante despliegue. Esa pulsión expansionista se convirtió en una constante de su política exterior. Las clases dirigentes norteamericanas han tenido que justificar, ante su propio pueblo, sus continuas intervenciones militares ultramarinas, desencadenadas generalmente por causas inconfesables. Y aprendieron a hacerlo con auténtica maestría. Con el paso del tiempo, los gobernantes estadounidenses desarrollaron una gran pericia en el arte de colar por el ojo de la cerradura de cada hogar americano, la imagen maléfica de un enemigo que unificase la voluntad de la nación. Cuando se hizo necesario arrebatarle a México una parte importante de su territorio, los mexicanos fueron previamente demonizados por los rotativos de la época. Mas tarde, el fantasma del enemigo se encarnó en España, justo en el momento en el que las ambiciones anexionistas sobre Cuba se hicieron incontenibles. Coreanos, vietnamitas, cubanos, nicaragüenses y dominicanos, iraníes e iraquíes, entre otros muchos, han llenado también de temor la mente, siempre amenazada, del norteamericano medio. Aun en nuestros días, cuando el “Imperio del Mal”, la URSS, ha desaparecido de la faz de la tierra, y la potencia militar norteamericana parece no tener rival, el espectro de nuevos enemigos – los árabes, el invisible Al Qaeda, el maléfico Ben Laden, el Eje del Mal, el terrorismo internacional etc., etc. -, vuelven a cernirse sobre la atribulada conciencia de los norteamericanos.
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